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Aserejé

Y otra vez he estado desaparecida... aunque esta vez seguro que adivináis por qué :-)

Pues sí, tras un rato de lo más “divertido” y “placentero” a más no poder, la Polaquilla ya está con nosotros!

[Nota mental: llevar siempre una epidural encima, por lo que pueda pasar]

Una de ciencias

Hoy toca lección de ciencia. Tranquilos, no hace falta que vayáis a buscar el libro aquel del instituto... estoy segurísima de que no la vais a encontrar allí...

Un domingo alarmante

Domingo por la mañana. No sé qué hora es, pero sé que es temprano. Lo sé porque estoy retozando tranquilamente en la cama, calentita, sin mayor preocupación que girar de lado a lado y volverme a dormir.

De repente, suena el timbre. “Ya están los de las biblias”, pienso. Ah no, espera, que es domingo. Vuelve a sonar el timbre. Para cuando se levanta Polanski y se asoma a la ventana, el timbre ya ha sonado unas tres veces. Son dos señores, me dice. “Buff, los de las biblias, que ahora también trabajan los domingos”, sigo pensando.

La moqueta siempre llama dos veces

Ayer fui a visitar a mi amigo Charlie. Tuve que ir a su casa porque desde que se puso a cambiar moquetas por tarimas, es el único hábitat en el que es posible encontrarle. 

Y allí aparece, pálido, desvalido, vista extraviada... En cinco años compartiendo pupitre nunca le había visto tan calamitoso...

- Charlie, cuéntame, qué males te acaecen?

El deporte

El deporte es bueno. Lo dice todo el mundo. Lo dice la tele, la radio, internet, cualquier revista que pille en la sala de espera del médico. Es universal y parece que hay consenso.

Yo no lo discuto. Para una vez que el mundo se pone de acuerdo en algo, no voy a ponerme yo a rebatirlo... Eso sí, lo único que le pido al deporte, es que me deje en paz. Yo no valgo. No valgo. Un paseito, sí. Un par de largos, también. Algo de yoga, vale. Pero ya.

Al volante

Lo cierto es que desde que me subo al coche hasta que me bajo, voy acojonada. Pensaréis que con toda la razón del mundo ya que es el medio de transporte con mayor accidentabilidad del mundo, pero lo curioso es que  solo me pasa cuando conduzco yo.

Cosmopolita-me

Para que os hagáis una idea, la última vez que estuve por aquí escuchaba a Backstreet Boys en mi walkman (sí, walkman), "Men in black" lideraba la taquilla y una oveja llamada Dolly dejaba al mundo boquiabierto.

Y es lo que tiene, si te pasas 18 años sin pisar una ciudad, es altamente probable que a tu regreso lo notes todo muy cambiado... primero, porque la ciudad con casi total seguridad ya no será la misma y segundo, con total seguridad tú no serás la misma.

Pues justo esto me ha pasado esta semana a mi regreso a Londres.

Enemiga pública... otra vez

A veces los planetas se alinean. Si el año pasado ya me fastidiaron la semana santa, este año también han estado a puntito de liármela. Cómo? Mandándome a una reunión el jueves santo. Haciendo encaje de bolillos, encuentro un vuelo de vuelta a Munich que aterriza una hora antes que mi vuelo a Madrid, con lo que, milagrosamente y gracias a que no hubo retrasos, consigo irme de vacaciones sin salir del aeropuerto. Bien!

La ayuda

Conversación en wasap con una amiga mía:
  • Servidora, qué haces esta tarde?
  • Pues tengo clase de polaco y después había quedado para cenar, por?
  • Ah, vale. Cancela todo eso y te vienes a casa a recogerme. Necesito que me saquen de aquí!

Se trata de una mujer de mediana edad, recientemente operada, madre de tres criaturas e hija de dos almas cándidas que no han dudado en venirse a Alemania, Pepe, a echarle una mano a su querida vástaga en tan delicadas circunstancias.

Un día de perros

Según la escala de cada uno, puede haber diversidad de opiniones a la hora de definir qué es “tener un día de perros”. Vas al trabajo y te despiden? Pues sí, un día de lo más torcido. Vas a la peluquería y te hacen el pelo que quería la clienta de al lado? Pues según a quién le preguntes (y según qué quiera la clienta de al lado). Se te rompe el tacón de la sandalia? Gilipollez (incómoda, pero gilipollez al fin y al cabo).

Pero, un día en el que, después de pasarte media jornada laboral defendiendo los derechos de gays y lesbianas (situación surrealista donde las haya), coges el tren de vuelta a casa a las siete de la tarde, recoges tu bici de la estación, empiezas a pedalear camino a casa, pinchas la rueda trasera a medio camino (mal año para mis ruedas!), sigues andando y cuando estás a tres manzanas, comienza a llover (pídele cuentas a Murphy), llegas a casa a remojo cual torrija y cuando tiras a abrir la puerta, se te parte la llave en la cerradura... Por encima de toda duda razonable, creo que estaremos de acuerdo en calificar tal día como un día de perros “de libro”. 

Y ahí estoy yo, con cara de tonta, para escurrir, mirando la cerradura. Tenía que pasar. La llave estaría certificada para, pongamos, 50000 usos y este era el 50001. Matemática pura... o refranero popular: lo que no pasa en cien años, pasa en un día. Nada personal.

Metido en un bolsillo del “sub_bolso” en un compartimento de la compleja estructura que es el bolso de una mujer, mi móvil ha sobrevivido al aguacero. Llamo al cerrajero que, como después descubriré, al ser las 20:01, la tarifa a aplicar ya no es la “normal” sino la “golden-plus”, también conocida como “púa-total”. 

El cerrajero es un hombre de pocas palabras más bien tirando a ninguna. Entiende rápidamente, supongo que por el charco, de qué puerta se trata. La ausculta, prueba con una lámina de plástico, luego con un alambre de su caja de herramientas. Vamos, nada que no pudiese haber hecho yo con una tarjeta de crédito y un clip. No funciona. 

Sin mediar palabra, deja la puerta y se dirige pasillo arriba hacia la escalera. Intuyo que necesita algo del coche. A punto estaba de decirle que se le olvidaban las llaves en la caja de herramientas cuando, para mi estupor, veo que el señor de dos metros y unos 120 kilos de peso se gira y se dirige hacia mi a toda velocidad. Bang! Patada a la puerta, puerta abierta, cerradura y trozo de pared adheridos a la puerta. 

  • Son doscientos euros [ahora sí que habla]. 

Cara de poema la mía. Imaginaros a un niño al que le acaban de quitar vilmente su helado, pues igual. Con un hilo de voz y sin apenas creer lo que acabo de presenciar, pregunto: 

  • Y la puerta, quién la paga?

Ni lo sabe, ni le importa.

En días de perros de libro como éstos, torcidos a más no poder, con el humor por los suelos, una mala leche importante y la vena homicida a reventar, solo hay una cosa que puedes hacer: Fackitol más que nunca! Cierras tu puerta con una toalla y un trozo de precinto MacGyver-style y te vas al centro a buscar a tu novio.

Tal alineación planetaria hay que celebrarla!


La operación "Zeitung"

Sabes cuando, tras un día agotador deseando pillar la cama, te vas a dormir y no puedes por ese mosquito al que oyes pero que no ves? O cuando se te mete una pestaña en el ojo y no la encuentras? O el chirrido de la tiza en la pizarra? Pues lo que me está tocando a mi ahora mismo soberanamente las narices es algún vecino que ha decidido hacer de mi buzón su papelera particular.

Como lo oyes, la criatura (todavía sin identificar), tiene a bien pasarme todos los domingos su periódico. El de propaganda, no os penséis que me regala el New York Times. Y ya van meses! Que digo yo: qué le costará tirarlo al contenedor de papel, que está justo al lado de los buzones, supongo yo que para estos casos? Pues no, a mi buzón, pa fastidiar.

Si eres un ser racional, de sangre fría, sopesas: y qué más me da un periódico que dos? Cuánto más me cuesta echarlo al contenedor del papel? Pues pongámosle cinco segundos por domingo, oséase doscientos sesenta segundos al año, total, redondeando y tirando por lo alto, cinco minutos. Vale la pena cabrearse por algo que te supone cinco minutos al año? El ser racional, pero de sangre caliente, elegirá la respuesta visceral: sí. Tal que si te hubiesen abofeteado con guante y guante. Como si de una ofensa a tus ancestros se tratase.

Supongo que habréis deducido a cuál de las dos categorías pertenezco. Me lo estoy tomando como mi “quién mató a Kennedy” particular. Tengo que averiguar quién me pasa su periódico cueste lo que cueste y caiga quien caiga! En ello estoy, dedicada en cuerpo y alma a la operación “Zeitung”. Semanas llevo con Conan Doyle en la mesita de noche, para cenar, capítulo de CSI, planteándome muy seriamente comenzar a hacer guardias, instalar una cámara, un sensor, algo. A todo esto Polanski (de sangre fría), con el grito en el cielo (por mí, no por el vecino, que sería lo "lógico"...).

A punto estaba de liar la de Chacal, cuando el pasado domingo quiso la casualidad que me encontrase con el repartidor del periódico a la vuelta de comprar el pan. Se me encendió la bombilla. Subo corriendo, cojo un boli, espero un tiempo prudencial, me cercioro de que no hay vecinos mirando (para que no vean que estoy “de atar”) y uno por uno saco cada periódico, escribo la fila y la columna de su buzón en la portada y lo vuelvo a dejar donde estaba [esto hay que leerlo con risa maléfica de fondo]. Y a esperar...

Poco duró la espera: el mismo domingo por la tarde picó el anzuelo. Fila 2 columna 4 ya me había echado su periódico en mi buzón. Elemental, querida Servidora: el del buzón de al lado. Le escribo en la portada "Este es SU periódico"  y se lo echo en el buzón de vuelta. A ver si lo pilla!

Pues no, no lo pilla, con toda la alevosía y nocturnidad, increible pero cierto, el lunes por la tarde el periódico estaba de nuevo en mi buzón!! Será posible?! Indignación es poco! Me lío escalera arriba. Para razonar estaba yo! La suerte que tuvo es que no estaba, así que le dejé el periódico en la puerta junto con una cabeza de caballo. Bueno, quien dice cabeza de caballo dice post-it. Eso sí, igual de amenazante. 

Estamos a miércoles y cierto es que de momento parece que el post-it ha funcionado, porque el periódico no ha vuelto por mi buzón. Lo captará? Espero que sí, porque si no voy a tener que ir al plan C.

Plan C: alguna idea?

Sobre rueda(s)

Imagen de pixabay.com
Vivir en una de las ciudades más seguras del mundo tiene muchas ventajas. Qué digo muchas, muchísimas! Puedes pasear tranquilamente de madrugada, no necesitas mirar a izquierda y derecha antes de abrir la puerta del portal de tu casa, cosa bastante de agradecer para una paranoica como yo. En fin, que puedes vivir relativamente tranquila.

Pero claro, mantener estos estándares de seguridad ciudadana cuesta lo suyo y te puede patrocinar situaciones surrealista-festivas como la que me ocurrió la semana pasada. La cosa empieza mal: en la susodicha ciudad, así, sin venir a cuento, me roban la flamante rueda delantera de mi no tan flamante bici de segunda mano (mea culpa, por no atarla). Qué os voy a contar, no me hizo ninguna gracia. Lo que menos, la vuelta a casa con la bici a cuestas... 

Y es aquí donde empieza lo "bueno": si tú eres el cuerpo de seguridad del estado y estás patrullando tranquilamente tu zona y ves a una enemiga pública número uno como yo, con "antecedentes" y todo, paseando con una bici sin rueda, qué piensas? Pues eso mismo pensaron ellos: que venía de robar la bici, con el cuerpo del delito nada menos!
  • Esa bici es robada.
  • No señor agente, la bici es mía, lo que ya no es mío al parecer, es la rueda.
  • Sí, claro. Recibo de compra de la bici?

Mano derecha a bolsillo derecho del pantalón. Mano izquierda, al bolsillo izquierdo. Y ahora los de la chaqueta. Y dale a tu cuerpo alegría...(uy, perdón, que me voy por los cerros). Que no, que aquí tampoco está. Cómo se me ocurre salir a la calle sin el recibo de la bici!!
  • Mire señor agente, es que hoy me pilla sin el recibo encima, pero si le parece bien, vivo aquí al lado, así que si quiere, viene usted y le busco el recibo.

Le veo dubitativo. Sé lo que está pensado: “podría ser una trampa”. Se toma su tiempo, pero eventualmente accede a mi oferta, eso sí, pidiendo refuerzos por si resulto pertenecer al crimen organizado y tengo un arsenal en casa. Más vale prevenir que curar, di que sí!

Total, que allí estoy yo en el salón de mi casa, con tres policías sentados en el sofá, buscando el recibo de la bici, en la que sin duda alguna pasa directamente al pódium de las escenas más surrealistas de mi vida. Si llega Polanski en ese momento, se muere del susto!

Lo imposible: encuentro el recibo.
  • Esta bici seguro que es robada! Cómo no sospechaste con ese precio?
  • [ a cuadros yo]
  • Eh?
  • Pues mire señor agente, baratilla es, pero cómo me voy a imaginar yo que una tienda que vende bicis (y da recibo de compra!) en plena calle, por cierto al ladito de la comisaría, me va a vender una bici robada...
  • A comisaría, a comprobar el número de bastidor.

Los tres agentes, servidora y el cuerpo del no-delito, a la comisaría. Escoltada, por si me da por escapar a mi archiconocida “velocidad punta”. Bolt, mi segundo nombre. Si es que, hay que jo&d$#se.

Se llevan mi bici a la "sala de las autopsias". A la media hora, vuelven.
  • Pues ya está todo, puede irse.
  • Entonces, no es robada?
  • Eso tenemos que investigarlo. [Traducción: no, no es robada, pero nos da palo reconocerlo después de la que te hemos liao]

Ya estaba yo casi que con un pie en la calle, cuando me asalta el sentido de la eficiencia: 
  •  Señor agente, ya que estoy aquí, podría denunciar el robo de una rueda?


El arte

Por unas cosas y por otras, entre las que se incluye un enmarronamiento sin precedentes por parte de Komander, me ha tocado pasarme Semana Santa aquí, en la ciudad. Al mal tiempo (que también), buena cara! Ha sido interesante. Unos treinta aparcamientos libres delante de mi casa. Puedes cruzar las calles sin mirar. Si vas a cualquier restaurante fuera del centro, vacío. Si vas a cualquier restaurante en el centro, menú en inglés. En fin, como Madrid en agosto pero sin que se te derritan las suelas de los zapatos.

Polanski y yo hemos aprovechado para explorar un poco la ciudad, y hemos comenzado por la Pinakothek der Moderne: cuatro museos bajo un mismo techo. Qué os voy a decir. Como no me he pasado al campo de la guía lo haré breve: Colección de arte moderno. Espectacular exhibición de “historia del diseño”. Una obra de arte es en sí el edificio. La tienda, no tiene desperdicio.

Después de unas tres horas y haciendo un esfuerzo sobrehumano, he conseguido reducir a 2 las obras de arte que más me han impresionado hoy:



Nótese el uso magistral del negro y del “negro claro”. Irrupciones de gris. El ángulo frente a la curva. La intersección. Tan familiar, que no le han quitado siquiera el fleco a la hoja tras arrancarla del cuaderno. Me quito el sombrero, sí señor.

Quizá seáis de la opinión de que como crítica de arte no me voy a poder ganar el pan. Estoy de acuerdo. Pero he aquí el descubrimiento del día: como artista, sí! Aquí va toda mi vanidad en forma de confesión: me veo a la altura de estas obras. Tal ha sido la inspiración que he recibido hoy que me he pasado toda la tarde ultimando mis creaciones. Separo mi obra (o "creación vespertina") en dos series:

1. La serie urbana, compuesta por “niños jugando en el jardín inglés” y “niños jugando en el jardín inglés con perro” (sí, hay cierta influencia germana en mi arte, que le voy a hacer).



2. La serie rural compuesta por “picnic junto al lago en día soleado” y “picnic junto al lago en día soleado observado por abejarruco”.

Como son mis primeras series, agradecería de todo corazón vuestras críticas y opiniones, que el jueves vienen a recogerlas los del Reina Sofia. 

Por último, y totalmente independiente de lo anterior (ejem, ejem), os dejo una reflexión, también procedente del museo:



"Esto es arte, o podemos tirarlo a la basura?"

Me tranquiliza que se planteen estas questiones.



Albóndigas con tomate

No es que se me de mal. Tampoco se me da bien. Yo diría simplemente, que no se me da. Y es que desde que el tiempo es tiempo, a mi siempre se me han ocurrido unas doscientas ochenta y tres mil cosas mejores que hacer que cocinar. Así sobreviví mis tiempos universitarios. A base de sandwiches de salchichas Frankfurt con ketchup, latas de atún y pasta, mucha pasta. Lo más cercano a cocinar que practiqué fue la extracción de pizza de congelador y posterior inserción en horno (lo tenía y tengo masterizado!) 
Image courtesy of Apolonia / FreeDigitalPhotos.net
Total, que ahora, con esto de que somos dos y Polanski de vez en cuando (muy de vez en cuando) me obsequia con delicatessens polacas, pues como que me va picando el gusanillo y he decidido comenzar con la experimentación culinaria.
En respuesta a un plato súper delicado polaco basado en hígado, manzana y cebolla para aburrir, y aprovechando la inmensa adaptación de Polanski a la cocina española, he decidido preparar unas albóndigas con salsa de tomate. Para ser exactos, fue justo cuando pasaba por la sección de cárnicos del supermercado que lo decidí: “voy a comprar carne picada y así hago unas albóndigas”. Eso es lo que le he oido decir a mi madre cientos de veces y, al día siguiente, aparecen unas albóndigas pachuparse los dedos. No sé qué hice mal... En fin, mejor no adelantarme a los acontecimientos.
Sábado por la mañana, servidora se pone manos a la obra. Rallo el tomate, frío el tomate. Corto cebolla, frío cebolla. Todo a la olla. Hasta aquí bien. Cojo la carne picada y hago bolas. A puntito estaba de echarlas a la sartén, cuando me atacó un atisbo de lucidez que me hizo llamar a mi madre para que me diese el visto bueno.

  • Hola mama!
  • Anda, mira que bien, justo quería yo que me corrigieses unos deberes de matemáticas...
  • No, mama, espera, que ahora no puedo. Estoy haciendo albóndigas
  • Albóndigas? Congeladas?
  • No mama, las estoy haciendo yo! He comprado carne picada.
  • [silencio al otro lado de la línea]
  • Mama?
  • Sí, sí hija, aquí estoy. Qué le has echado a la carne?
  • Sal y pimienta
  • Ya, pero para hacer las albóndigas?
  • Carne? [Lo admito, podría haber hecho uso de internet previo a la lista de la compra ...]
  • Sí bueno, pero tendrás que añadirle el huevo, el pan, el peregil y unos piñones...
  • Uhm. No tengo ni huevo, ni peregil, ni por supuesto piñones, pero tengo aquí unas rebanadas de pan de molde...
  • [más silencio] Y para la salsa? Qué le has echado a la salsa?
  • Tomate y cebolla
  • Podrías freir una hojita de laurel...  
  • Mama, conociéndome no sé como puedes ni tan siquiera pensar que una hoja de laurel haya jamás entrado en mi cocina! [es más, si tengo cocina es porque venía con la casa] 
  • Bueno, con tomate y cebolla también estará bueno...
Algo desalentada vuelvo a mis bolas de carne dispuesta a adentrarme en el campo de la improvisación y a hacer malabarismos con todo ingrediente no caducado que pueda encontrar en mi cocina. Detrás de las manzanas, algo mustia, encuentro una patata. A la cazuela! En uno de los cajones aparece medio ajo. A la sartén con las albóndigas!! Y como siempre he visto en la tele que estas cosas se arreglan con vino, le echo media botellita a la salsa. 
En fin, supongo que el atento lector no necesitará mucha más información sobre los hechos para hacerse una idea de lo que salió de aquella cazuela. Ves las albóndigas de la foto? Pues nada que ver!
Y allá va mi pobre cobaya, en lo que no puede ser considerado más que una muestra extrema de agradecimiento, y me dice: uhm! Que ricas las albúndigas!
Solo espero que Polanski haya olvidado esta experiencia para cuando pruebe las albóndigas de mi madre, y no pueda comparar...

Es cultural

2007. Estocolmo. Tomo parte en una reunión con exactamente cuatro participantes: un holandés, un japonés, un estadounidense (sí, ya sé que parece el chiste) y servidora. Reconozco que no era particularmente interesante de lo que estábamos hablando, pero de ahí a que, de repente, el japonés se desplome dormido sobre la mesa... Yo al principio pensé que se había muerto, pero el americano, hombre de mundo, nos lo aclaró en seguida: "es cultural".

Pues sí, quizá éste fue el más hardcore de los comportamientos que jamás vi justificado bajo el lema “es cultural”, pero lo cierto es que con esto del ambiente de trabajo internacional que tanto se practica hoy en día, experiencias “culturales” de éstas tengo, por suerte o por desgracia, como para hacer un top ten. 

Espera, se me ha ocurrido una idea: voy a hacer un top ten!

10. Oler mal. Yo entiendo que en el norte de Europa no haga falta desodorante. Entiendo que se sude tan poco que uno pueda incluso ponerse la misma camisa dos días seguidos. Pero es que hasta en Alemania de vez en cuando hace calor! Es normal que tenga que ponerme yo una máscara de oxígeno para entrar en tu oficina? Pues no me queda otra, porque es cultural...

9. Beber en el trabajo. Como quien se toma un café: dos de la tarde, te bajas a la cafetería del curro y te tomas tu medio litro (que no una caña) de cervecita, claro que sí, como un señor! Como es cultural! Y no, no va por los alemanes...

8. Quitarse los zapatos. Imagínate: llegas a la oficina, te sientas, enciendes el ordenador y mientras arranca te quitas los zapatos y te vas, en calcetines, a echarte un café. WTF!! Es cultural?? Pues se ve que sí, porque así se pasa el individuo el resto del día.

7. Llegar tarde. Con este tema mejor ni empiezo porque me inunda la cólera. Qué os voy a decir. Parece ser que si eres de determinados países mediterráneos se acepta que llegues tarde a una reunión. “Es cultural”, te dicen.

6. Asearse en la oficina. Unos tanto y otros tan calvo. Los hay que no se duchan, y luego están los que se traen la higiene personal a la oficina. Pero no, no estoy hablando de traérsela al baño de la oficina... estoy hablando de traérsela a la oficina en sí. Véase, afeitarse delante del ordenador. O, peor aún: vale que te pongas sandalias con calcetines (a todo se acostumbra una), pero que te los quites y te pongas a cortarte las uñas de los pies así, entre email y email? Es eso cultural? Todavía tengo pesadillas por la noche con uñas voladoras.

5. Lavarse los dientes. Parece ser que solo es cultural para (algunos) mediterráneos el lavarse los dientes en el trabajo. A mi me parece muy bien que no te quieras lavar los dientes (allá tú y tu salud dental)... pero si te has comido cebolla y media en la comida, realmente tienes que hablarme a dos palmos de distancia?

4. Hacer deporte en el trabajo. Lo cierto es que (y yo estoy encantada con ello) aquí se fomenta mucho el deporte, hasta el punto de que en todas las empresas en las que he estado hay vestuarios para que puedas ducharte, por ejemplo, después de hacerte 40km en bici para ir al trabajo. Hasta aquí bien (por los que se duchan). Pero es realmente necesario traerte la ropa sucia y colgarla en la percha de la oficina?

3. Eructar, salpicar y otras lindezas. Os habéis preguntado cómo consigue uno beberse una sopa con chopsticks? Pues os lo voy a decir: succionando y... salpicando! A la lavadora mi camisa. Pero oye, es que es cultural!

2. Desnudarse en el trabajo. Aún recuerdo a esta compañera (cuya nacionalidad no voy a revelar, pero se aceptan apuestas) que no dudó en quitarse la camiseta en medio de la oficina para enseñarnos el nuevo tatuaje que se había hecho en el omóplato... Así, sin pudor ni ánimo de exhibicionismo, toda natural. "Cultural" a más no poder! Menos mal que el tatuaje estaba en la espalda...

Por último, el número 1 me he propuesto conquistarlo yo el día en que, 100% cultural, encienda una traca a lo fallas en uno de los meetings de la muerte, al grito de: Fack it oooool!


Enemiga pública número 1

Desde el mismísimo día en que nos emparanoiamos todos con el peligro de los fluidos y demás enseres en aviones, no he podido dejar de fijarme en las diferencias que se producen entre los controles de seguridad de unos y otros aeropuertos. De todo he vivido: desde hacerme abrir la maleta por un lip gloss, hasta dejarme pasar con un champú, la colonia y una lata de foie grass (por todos conocido el efecto explosivo del foie grass!!). Que digo yo, igual de peligroso será el champú de Munich a Madrid, que de Madrid a Munich...

A lo que íbamos: volvía servidora feliz y contenta (dentro de lo contenta que una puede estar cuando deja Madrid a sus espaldas) de vuelta a Munich. Ocho de la tarde. Llego al control de equipaje de mano. Saco laptop, desodorante, el cacao y todo lo que ofende a la seguridad aeronáutica. Mi gozo en un pozo, aún así, el amable controlador de equipajes me pregunta:

- Señorita, es ésta su maleta?

- Sí, ha visto algo?

- Abrala, por favor.

- [mientras la abro y tratando de ver la pantalla del escáner] Si quiere dígame lo que ha visto, a ver si sé qué es... (todo sea por cooperar con las fuerzas de la ley y el orden)

- Abra la maleta!

- Pero si me dice...

- Que abra la maleta! No le puedo decir! El procedimiento es el procedimiento, y está prohibido enseñarle la pantalla del escaner!! Abra la maleta!!! [tish! El látigo le falta...]

Qué suerte la mía! Con la simpatía hemos topado! Servidora que, otra cosa no, pero vuelos ha cogido unos cuantos, que casi que ha aprendido alemán comentando escaners, le contesta "amablemente":

- Pues vaya mi#rd% de procedimiento que tienen aquí!

El increible Hulk, pero en rojo. Rojo, rojo, cada vez más rojo, hasta que grita: Guardia civil!! Guardia civil!!!

Se acerca el guardia civil, al que el "simpático" controlador de equipajes le comunica:

- Aquí la señorita ha dicho, nada menos, que el procedimiento de chequeo de equipajes es... una mi#rd%! "piiiiiii" ha dicho!!

Nada me podría haber preparado para la respuesta del guardia civil:

- Es que es una mi#rd%!

No tengo palabras para describir la cara de Hulk. Que entiendo que está haciendo su trabajo, pero es que otros tantos lo hacen igual de bien sin malas formas ni abuso de poder gratuito.

El guardia civil de súper buen rollo me insta a "cooperar" (pues si de eso es de lo que trato!) mientras el "simpático" controlador rebolica toda mi maleta. Aparece uno de mis compañeros de trabajo y de viaje, que me dice:

- Jo, me han parado y me han abierto la maleta... La verdad es que en el escáner el palo del paraguas parece un "arma letal", jeje!

Qué le vamos a hacer, no tengo contención ninguna... Me falta tiempo para replicar a mi amigo el controlador:

- Fíjese usted! En la cinta esa de ahí al lado el procedimiento sí que deja enseñar la pantalla del escáner...

- Guaaaaaaaaaardia civil!! Guaaaaaaardiaaaaaaaaa!

No diré que vi pasar mi vida ante mis ojos, pero lo que sí se me pasó por la cabeza fue: me enchironan!! Me enchironan!! A mi madre la mato del disgusto y Komander me mata a mi porque me pierdo el meeting de mañana que, esta vez sí, ha prometido que es suuuuuper importante!

Gracias al supremo, el guardia civil sigue siendo el más enrollao del aeropuerto y toma control de la situación, insta al controlador paranoico a que nos enseñe el escaner e inmediatamente identifico el objeto ofensor, que no es otro que mi pasador de pelo! Todo este lio causado por un pasador de pelo. Un pasador de pelo!!! El guardia civil y mi amigo Hulk por fin me dejan ir.

Aunque en ese momento me sentí como William Wallace ante la libertad, la verdad es que a la salida del meeting de la muerte de esta mañana me retumbaba la cabeza: “mejor que me hubiesen enchironao!”

Pesadilla antes de navidad


Imagen de pixabay.com
A día de hoy, dos son los vuelos que ha perdido servidora. El primero fue hace un par de años en Madrid y el segundo, ahora mismo.

Rebobinemos seis horas. Servidora sale de casa feliz y contenta porque es navidad y se va a casa con mama que le hace paella rica, rica. Se dirige a la estación donde cogerá un autobús que la llevará al aeropuerto. Hasta aquí bien, la primera parte del plan se ha cumplido a la perfección.

Ya en el autobús procedo al ritual de lectura que me sumirá en un letargo, que normalmente durará hasta que abran al puerta y entre el frío mortal alemán. Sin embargo esta vez el letargo se ve interrumpido mucho antes, al poco de entrar en la autovía. Un atasco de aquí a Parla! Avanzamos poco a poco hasta que por fin adelantamos el “accidente” que ha causado todo este follón.

Escribo “accidente” y no accidente porque en Alemania son dos cosas distintas. Un “accidente” es lo que en España llamamos besito. En España le das, sin querer, un besito al coche de delante, bajáis los dos conductores, miráis que no ha pasado nada y hala, cada mochuelo a su olivo. En Alemania bajan los dos conductores, miran que no ha pasado nada y acto seguido inmovilizan la autovía, la ciudad y el país si hace falta, hasta que venga el CSI a analizar las pruebas.

En fin, que un besito alemán de éstos causa el primer retraso de la jornada.

Una vez pasado el atasco, la ruta se presenta limpia y esperanzadora. Todo apunta a que llegaré a tiempo hasta que, a unos tres kilómetros del aeropuerto, el autobús empieza a hacer un ruidito poco alentador. Pálidos, los pasajeros nos miramos unos a otros con la expresión del que se teme lo peor. En efecto, en cuestión de segundos, se para el autobús.

Pasada la sorpresa y confusión inicial, comienza la marimorena. Aaaaahhhhh! Una jungla de voces en todos los idiomas. Que ha pasado? Se ha roto el autobús? Cree usted que llegaremos a tiempo? Entre el guirigay alcanzo a escuchar a otro español que desesperadamente grita al conductor: “trata de arrancarlo, Karl, trata de arrancarlo!!!”. Pero no, Karl no arranca el autobús y desde allí ve servidora salir, puntual, su avión rumbo a la paella.

En una maniobra sin precedentes, la compañía de autobús consigue traernos al aeropuerto, desde donde escribo, dos horas después de la salida de mi vuelo. No estoy despotricando cual bestia parda gracias a que se han apiadado de nosotros y, tras el testimonio de los del autobús, nos han colocado en un vuelo que sale en otras tres horas.

En fin, ya estará fría, pero le he dicho a mi madre que me guarde la paella para la cena.



La mudanza


Imagen de pixabay.com
De haber empezado por el principio, hubiese comenzado por explicar esa gran aventura que fue mi mudanza.…Pero es que, solo de pensarlo, me agoto.

Ya me lo avisaron. Todos. “Mira que encontrar piso en la capital bávara esta jarto complicao”. Pero servidora, que no se deja apabullar por exageraciones y voz pópuli, urdió un astuto e infalible plan: “me cojo  un piso de esos que se cogen por meses y con tres meses malo será que no encuentre na”.

Ay madre del supremo! Que poco me imaginaba yo la que se me venía encima!!! Encontrar piso en Munich, no es que sea difícil no, es que roza lo imposible!!

Os explico como funciona, para los que hayáis tenido la suerte de no experimentarlo: en Munich el 99.99% de los pisos va por inmobiliaria. El de la inmobiliaria, en esa labor extenuante que realiza, cuelga un anuncio en internet, se va a por un café y cuando vuelve lo descuelga. En esos diez minutos ha recibido 157 solicitudes. Empieza a abrir emails hasta que tiene a diez candidatos que ganan lo suficiente como para ser dignos del piso en cuestión (aunque sea un zulo). Los otros 131 emails los elimina.

Con los diez elegidos queda el martes a las 14:00 para ver el piso. No hay negociación. Si no puedes te jodes. “Es que tengo que trabajar”. Te jodes. “Es que ese día estoy fuera”. Te jodes. “Es que… “.Pi, pi, pi, pi.

De los diez elige a uno y ya está. Fin de su función. Zaskatraska, un riñón pal de la inmobiliaria.

Esto significa que, si quieres triunfar, tienes que estar a tiempo completo delante del ordenador dándole a refrescar a la página de los pisos. Si aparece algo que se adapta a lo que buscas, ni lo leas, dale a “Enviar solicitud”, ya tendrás tiempo de leerlo más tarde. Acto seguido, llama…. por si suena la flauta y te cogen el teléfono.

Empiezas tiquismiquis: es que éste no tiene ventanas, es que éste no tiene agua corriente, es que a éste le falta una pared, es que éste tiene la bañera en el salón…. Pero después de un mes de búsqueda, qué le falta una pared? Eso lo arreglo yo con hueveras de cartón y listo!!!

Tres meses duró mi odisea! Hasta que por fin, al borde de lo verosímil, un día, cuando ya había perdido la fe, la calma y la esperanza, aparecieron esos 48 metros cuadrados que decían que me querían! a mi!!. Un palacio me pareció aquello dadas las circunstancias.

Y así se asentó servidora. No me mueven ni a pedradas de este piso.

El tráfico de aceite


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Nueve años en el “exilio” dan para mucho. Dicen que la necesidad hace maestros y aquí necesidad hay mucha: de jamón serrano, lomo ibérico, chorizo, salchichón, aceite de oliva (de almazara, por supuesto), turrón,… hasta si me apuras de atún en lata, que de verdad que es que no sabe igual!

Al principio pues hacía lo que todos: una vez me traía esto, otra vez aquello, intentando siempre no violar los sagrados límites del peso de equipaje.

Con el tiempo, me he ido perfeccionando. Ahora ya viajo a España directamente con las maletas vacías, que el día menos pensado voy a levantar sospechas en el aeropuerto y vendrán a preguntarme que qué estoy tramando. Esto implica que tengo que tener todo reduplicado en casa de mis padres: cepillo de dientes, pijama, ropa para toda la semana (es decir, toda esa ropa que ya ni me viene pero insisto en conservar), un par de zapatillas, desodorante… que no queremos malgastar espacio de aceite con desodorante!

Cuando llego allí ya mi madre suele tener un buen surtidito preparado para que se lleve la niña-ay-pobrecita a la Germania. Paso primero y más importante: decide que es lo esencial para ti, porque eso será lo que viaje en el equipaje de mano, que luego las maletas se pierden, “dónde está mi jamón?”, “no sé de qué me estás hablando”… en fin, ya sabemos cómo va la historia. Sé que elegir entre el jamón y el queso manchego es un poco como elegir entre papa y mama, pero todos sabemos a quién elegiríamos. Yo, jamón. Siempre.

Entonces y solo entonces empieza el arte del tetris aplicado al equipaje. Es un proceso iterativo: encajas bienes en la maleta, cierras, pesas, pones o quitas, cierras, pesas… y así hasta que converja. Si bien es cierto que lo suyo es llegar al límite sin pasarse, yo normalmente tiro a pasarme. Que por qué? Muy sencillo: porque todos tenemos un buen día de vez en cuando, incluido el personal del mostrador de facturación… y mira que si fuese el caso y te dejan pasar, digamos, cinco quilitos más? A servidora señores, le ha pasado. También es cierto que más de una vez me han dicho que “ni de coña”, en cuyo caso abro la maleta, saco el hatillo-auxiliar-por-si-las-moscas, se lo doy a mis padres para que lo disfruten “a mi salud” y santas pascuas.

Para que veáis que a veces cuela, he aquí el más grandioso ejemplo que jamás he experimentado: 28 de diciembre de 2011, servidora levanta como buenamente puede el maletón lleno de naranjas y lo deja caer sobre la cinta, a la vez que se apresura a indicar: “ventanilla por favor”. Sin levantar la vista del ordenador, aquel maravilloso trabajador anónimo contesta: “voy a hacer como que no veo lo que pesa esa maleta”, y me da mi tarjeta de embarque mientras la cinta engulle los 32 kilos de maletón.

No lo pude evitar, abrí la maleta de mano, también a rebosar de naranjas, y le di una. Porque el que siembra, recoge.