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El día de la marmota

Toca comenzar el post de hoy dando las gracias a este país por el Mutterschutz, o en otras palabras, la baja de maternidad antes de la maternidad “per se”. Estoy segura de que hay mujeres que llegan al parto como una rosa, pero yo desde luego no soy una de ellas. Y el caso es que dolerme no me duele nada. Ni se me hichan las piernas, ni me duele la espalda, duermo como un osito..., pero me estoy dando cuenta de que esto de crear seres humanos casi "de la nada" es agotador. Agotador del todo.

Progress report

Estoy segura de que a día de hoy ya casi nadie se acuerda de sus propósitos de año nuevo... Por eso yo tengo solo dos, porque el que mucho abarca... ya sabemos. Como recordaréis: aprender a cocinar y aprender polaco. Del segundo ya hablaremos, hoy toca repaso culinario de lo que llevamos de año.

Aquí va mi "progress report":

1) Frecuencia

Con alguna excepción que otra (por ejemplo, vacaciones), he cocinado al menos una vez por semana. Para entendernos, considero "cocinar" todo aquel proceso culinario que implica o bien un fogón, o bien el horno. Por desgracia esto deja fuera todo socorrido bocadillo y las grandes creaciones congeladas y listas para microondas... No vale hacer trampas.

Cosmopolita-me

Para que os hagáis una idea, la última vez que estuve por aquí escuchaba a Backstreet Boys en mi walkman (sí, walkman), "Men in black" lideraba la taquilla y una oveja llamada Dolly dejaba al mundo boquiabierto.

Y es lo que tiene, si te pasas 18 años sin pisar una ciudad, es altamente probable que a tu regreso lo notes todo muy cambiado... primero, porque la ciudad con casi total seguridad ya no será la misma y segundo, con total seguridad tú no serás la misma.

Pues justo esto me ha pasado esta semana a mi regreso a Londres.

Cocinando, que es gerundio

A menudo me veo en una situación en la que, por algún que otro motivo, acabo mencionando que no me gusta cocinar y que por lo tanto, no cocino. Y yo me pregunto: si hay gente a la que no le gusta el cine (=inaudito) o el chocolate (=increíble) o incluso Pulp Fiction (=sin comentarios), por qué siempre hay alguien que se lleva las manos a la cabeza cuando digo que no me gusta cocinar? 
 
  • Que no te gusta cocinar? Pero si es súper relajante! 
 
Relajante? A ver, si yo entrase en mi cocina y encontrase, cual Arguiñano, todos los cuencos preparados encima de la mesa, limpia y reluciente, ordenados según la receta, con los tomates a rodajas, el puerro bien picadito, las zanahorias en juliana, los 200 gramos de harina (no de cualquier harina, sino de la que la receta te pide) ya pesados, etc, etc. Si yo tuviese picadora, 33 tipos de cuchillos, moldes en forma de reno, lavavajillas con capacidad industrial, una cámara web conectada a una central que me recordase cada dos por tres que no se me olvide echar la sal... Si tuviese un documento firmado con sangre en el que me asegurasen que, de alguna manera, después de cocinar, unos duendes mágicos van a venir a mi cocina y la van a dejar reluciente... entonces, y solo entonces, creo que estaría de acuerdo en que cocinar es un placer. 
 
Pero esa no es la realidad... El proceso de “cocinar” es bien distinto. Empieza en el supermercado, estarás pensando. Pues no, empieza incluso antes: primero tienes que decidirte a cocinar (que no es poco). Después, tienes que determinar qué cocinas. Cuando ya sabes lo que quieres cocinar, tienes que preguntar a internet y establecer cómo de factible es que una pobre ignorante culinaria como tú pueda llevar a cabo satisfactoriamente esa receta. Supongamos que encuentras una con media estrella de dificultad apta para ti. Entonces es cuando vas al supermercado. 
 
Si la receta es de una tortilla a la francesa, me veo capaz de encontrar los ingredientes yo solita..., pero qué pasa si necesito un tipo de seta especial, vinagre de arenque o, como me pasó una vez, cremor tártaro, que vete a saber tú dónde venden eso. Es más, qué es eso? Qué diccionario me lo traduce al alemán? 
 
En aras de avanzar con el argumento, supongamos que encuentro todos los ingredientes para mi receta de dificultad negativa. Qué es lo siguiente que necesitas? Tiempo! 
 
Si uno quiere, siempre encuentra tiempo. Pero hay que querer... Y no es que yo no quiera... es que siempre encuentro unas 235 cosas que me apetece más hacer que meterme en la cocina con el vinagre de arenque. Pero bueno, supongamos que está diluviando, las carreteras están cortadas, no hay internet ni teléfono, todos mis libros están en casa de alguna amiga y no consigo arrancar mi ordenador. Parece que no me queda otra, verdad? Vale, pues entonces cocino. 
 
Posiblemente me salga algo ingerible y habré empleado mi sábado en algo útil y me sentiré orgullosa de mí misma... Y qué mejor manera de celebrar todo esto? Limpiando la cocina! Porque sí, después de cocinar, los duendes nunca vienen, hay que limpiar! Total, que la broma te cuesta toda la mañana del sábado y media tarde poniendo orden en la cocina... Esto con el bocadillo de jamón no me pasa! 
 
Pues sabiendo esto como sé y conociéndome como me conozco, qué diréis que he hecho? He decidido aprender a cocinar como uno de mis dos propósitos de año nuevo. Y claro, los propósitos de año nuevo nunca, nunca, nunca se abandonan... Así que aquí estoy, intentando que al menos me salga una carbonara... Como dice mi madre: “poco a poco, poco a poco”.
 
Quién sabe, igual un día soy yo la que se lleva las manos a la cabeza...
 

Pura ciencia

  • Cariñuski mio, te has acordado de comprar la nuez moscada y el kilo de carne picada para la lasaña? 
  • [eins?] 
  • [ayudándole a hacer memoria] Sí, te lo he dicho esta mañana, en el desayuno. 
  • […] 
  • Sí, mientras preparabas el café. 
  • Ah! Ya, pero... es que... no puedes esperar que escuche todo lo que dices. 

Qué? qué os parece? He empezado a cocinar!! Es uno de mis propósitos de año nuevo: creo que ya he llegado a esa edad en la que una tiene que saber cómo tranformar una bola de carne picada en unas buenas albóndigas.

Ah sí, y luego está el hecho de que no puedo contar con que mi novio me escuche (al menos no a tiempo completo). Es mucho pedir! No voy a decir que no había notado algo. En ocasiones, a partir de un cierto número de frases, sobretodo cuando hablamos (=hablo) de temas altamente interesantes como la lista de la compra o el sexo de los ángeles, nuestras conversaciones acaban adoptando un cierto patrón:
  • He pensado que después del trabajo podríamos ir al supermercado directamente, sin pasar por casa. 
  • Aham 
  • Pilar se ha bajado una aplicación que enciende y apaga la tele
  • Aham
  • Mira, un tanque acaba de derribar la pared de la cocina!
  • Aham

    Y oye, pues una saca conclusiones. Esto nunca pasa cuando estamos decidiendo en qué irlandes vemos la final de la copa de Europa. No sé, es un fenómeno súper extraño.

    Como buena investigadora que soy, con algunos dotes detectivescos, recurro a LA herramienta universal por antonomasia para recabar información en torno a cualquier extraño fenómeno: Google. 

    Primera búsqueda: “mi novio no me escucha”

    El primer resultado no tiene desperdicio: “mi novio no me escucha, pero lo intenta”. Di que sí! A vender motos pondría yo a este hombre, pero ya! A lo que íbamos: la primera sorpresa es ver el ingente número de resultados... algunos incluso ofreciendo consejo para hacer que tu marido te escuche, como una entrada de wikihow (me parto!) en la que, tras compararte con ruido blanco, te explica qué hacer para que esto cambie.

    Tras unos minutos ojeando ésto y aquello, saco mi primera conclusión: la mayoría de “artículos” relacionan de alguna manera el hecho de “no escuchar” con una condición del individio: su género. 
    Qué revelación! Será verdad? Vuelvo a preguntar a google.

    Segunda búsqueda: escuchan las mujeres mejor que los hombres?

    Google responde a esta pregunta con su primera entrada: “¿por qué las mujeres escuchan mejor que los hombres?” Vaya, entonces, es verdad!! La cosa se pone interesante... Al parecer se han hecho varios estudios al respecto, que han demostrado diferencias en la actividad cerebral de unas y otros durante la escucha. Se junta el hambre con las ganas de comer: nosotras escuchamos con las dos partes del cerebro, mientras que ellos solo con una. Además, nuestra voz es “más compleja”, poniéndoselo aún más difícil al receptor mono-lobular.

    También, una vez más, te explican técnicas para conseguir que un hombre te escuche (de verdad, estoy a lagrimón puro!), como por ejemplo, no hablarle de frente, sino de lado (y esto con gráficos explicativos!!).

    [voy a poner un silencio aquí para que proceses todo lo anterior]

    Pues ya me quedo más tranquila! Si no puedo hacer la lasaña no es por culpa de Polanski, sino de su lóbulo cerebral derecho, que no se activa... Viene así de serie.

    Tras haberos hecho pensar (o no), os dejo con las moralejas de este post. Sí, hoy tenemos dos moralejas: si quieres que tu novio se acuerde de la lista de la compra, mándale un wasap. Y segunda y casi que más importante: el que se aburre es porque quiere!

    Y tú, de qué padeces? Escuchas o no escuchas? ;-p



    Mamá 3G


    Recuerdo perfectamente la campaña promocional que me tuve que currar, allá por los tardíos noventa, para convencer a mi madre de la necesidad de un microondas. Allí estaba ella, calentando la leche con el cazo, calentando el agua con el cazo, calentando la comida de ayer… lo adivináis? con el cazo! Doce cazos para fregar al día.

    - Mamá, te conviene comprarte un microondas.
    - Eso da cáncer.

    Tontería era, de ahí no la sacaba. Al final, lo compré yo, lo puse en la cocina y comencé a utilizarlo delante de ella y su cazo. Le costó, cierto, pero, cual perrillo curioso, poco a poco se fue acercando y ahora son inseparables.

    Tres cuartos de lo mismo pasó hace dos años con la tostadora. Viendo que cada día sacaba la plancha para hacerse sus tostadas, media hora por tostada, le comenté:

    - Mamá, te conviene comprarte una tostadora.
    - Una tostadora? Pa qué?

    Erre que erre. Qué tuve que hacer? Comprarla yo (empiezo a pensar que lo que es es muy, muy lista). En mi siguiente visita la tostadora ya era una más de la familia:

    - Es que tu padre prefiere las tostadas de la tostadora [y ella también, solo que no cree necesario mencionarlo].

    Bueno pues, con estos antecedentes de adaptación tecnológica, casi que me daba miedo sacarle el tema…, así que para mi última operación me armé de arriba abajo, cargada de argumentos irrefutables sobre las ventajas del 3G. Hará cosa de un mes:

    - Mamá, te conviene comprarte un móvil 3G.
    - Yo había pensado que mejor uno con wasap…

    Toma ya! Esa misma madre enemiga acérrima de la tecnología, me dice que quiere un móvil, pero con wasap(!!), que todas sus amigas lo tienen y ella quiere tener también. Hay que j#derse!!

    Allá que nos vamos de compras, a dar el salto del ladrillo (no, no estoy exagerando) al 3G nada menos. Los trasteamos todos. “Este es muy pequeño”, “aquí no me apaño yo para escribir”, “pero hay que tocar la pantalla y ya está?”

    Tras varias horas (sigo sin exagerar), encontramos uno a cuyas dimensiones mi madre parece dar el beneplácito. Lo peor estaba por venir: el curso de usuaria.

    Sin ánimo de entrar en detalles, solo diré que me volví a Alemania dejando atrás una pila de procedimientos, Servidora-made: “wasap paso a paso”, “Skype y yo”, “correo electrónico para dummies”, “cómo mandar fotos en tres pasos” y a una madre saturada y temblorosa tras la inmersión en la pantalla táctil y el mundo de las aplicaciones.

    Y entonces se obró el milagro…

    No sé a qué entrenamiento la han sometido sus amigas o, sobretodo, su peluquera, pero ahora manda varias fotos a la vez, sabe reenviar, quiere abrirse una cuenta de “feisbur”, domina varias aplicaciones abiertas simultáneamente y me spammiza a más no poder con todo tipo de “y si no lo mandas a siete personas más, tu perro será atropellado”. Ah, y eso sin mencionar su nueva faceta “escaneadora”-compulsiva, consistente en fotografiar foto a foto álbumes enteros para su posterior distribución via wasap.

    Quién la ha visto y quién la ve! [yo, en skype, todos los días]


    Albóndigas con tomate

    No es que se me de mal. Tampoco se me da bien. Yo diría simplemente, que no se me da. Y es que desde que el tiempo es tiempo, a mi siempre se me han ocurrido unas doscientas ochenta y tres mil cosas mejores que hacer que cocinar. Así sobreviví mis tiempos universitarios. A base de sandwiches de salchichas Frankfurt con ketchup, latas de atún y pasta, mucha pasta. Lo más cercano a cocinar que practiqué fue la extracción de pizza de congelador y posterior inserción en horno (lo tenía y tengo masterizado!) 
    Image courtesy of Apolonia / FreeDigitalPhotos.net
    Total, que ahora, con esto de que somos dos y Polanski de vez en cuando (muy de vez en cuando) me obsequia con delicatessens polacas, pues como que me va picando el gusanillo y he decidido comenzar con la experimentación culinaria.
    En respuesta a un plato súper delicado polaco basado en hígado, manzana y cebolla para aburrir, y aprovechando la inmensa adaptación de Polanski a la cocina española, he decidido preparar unas albóndigas con salsa de tomate. Para ser exactos, fue justo cuando pasaba por la sección de cárnicos del supermercado que lo decidí: “voy a comprar carne picada y así hago unas albóndigas”. Eso es lo que le he oido decir a mi madre cientos de veces y, al día siguiente, aparecen unas albóndigas pachuparse los dedos. No sé qué hice mal... En fin, mejor no adelantarme a los acontecimientos.
    Sábado por la mañana, servidora se pone manos a la obra. Rallo el tomate, frío el tomate. Corto cebolla, frío cebolla. Todo a la olla. Hasta aquí bien. Cojo la carne picada y hago bolas. A puntito estaba de echarlas a la sartén, cuando me atacó un atisbo de lucidez que me hizo llamar a mi madre para que me diese el visto bueno.

    • Hola mama!
    • Anda, mira que bien, justo quería yo que me corrigieses unos deberes de matemáticas...
    • No, mama, espera, que ahora no puedo. Estoy haciendo albóndigas
    • Albóndigas? Congeladas?
    • No mama, las estoy haciendo yo! He comprado carne picada.
    • [silencio al otro lado de la línea]
    • Mama?
    • Sí, sí hija, aquí estoy. Qué le has echado a la carne?
    • Sal y pimienta
    • Ya, pero para hacer las albóndigas?
    • Carne? [Lo admito, podría haber hecho uso de internet previo a la lista de la compra ...]
    • Sí bueno, pero tendrás que añadirle el huevo, el pan, el peregil y unos piñones...
    • Uhm. No tengo ni huevo, ni peregil, ni por supuesto piñones, pero tengo aquí unas rebanadas de pan de molde...
    • [más silencio] Y para la salsa? Qué le has echado a la salsa?
    • Tomate y cebolla
    • Podrías freir una hojita de laurel...  
    • Mama, conociéndome no sé como puedes ni tan siquiera pensar que una hoja de laurel haya jamás entrado en mi cocina! [es más, si tengo cocina es porque venía con la casa] 
    • Bueno, con tomate y cebolla también estará bueno...
    Algo desalentada vuelvo a mis bolas de carne dispuesta a adentrarme en el campo de la improvisación y a hacer malabarismos con todo ingrediente no caducado que pueda encontrar en mi cocina. Detrás de las manzanas, algo mustia, encuentro una patata. A la cazuela! En uno de los cajones aparece medio ajo. A la sartén con las albóndigas!! Y como siempre he visto en la tele que estas cosas se arreglan con vino, le echo media botellita a la salsa. 
    En fin, supongo que el atento lector no necesitará mucha más información sobre los hechos para hacerse una idea de lo que salió de aquella cazuela. Ves las albóndigas de la foto? Pues nada que ver!
    Y allá va mi pobre cobaya, en lo que no puede ser considerado más que una muestra extrema de agradecimiento, y me dice: uhm! Que ricas las albúndigas!
    Solo espero que Polanski haya olvidado esta experiencia para cuando pruebe las albóndigas de mi madre, y no pueda comparar...